lunes 15 abril 2024
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Los libros impresos se niegan a morir

México, obsesionado por México,  tiene la capacidad de producir libros  y autores impregnados de <<mexicanidad>>. 

 México debe inventarse,  

y esto sucede en buena parte mediante lo escrito y 

 las representaciones artísticas”. 

 

Philippe Ollé-Laprune 

 

 

Después del COVID, después del cierre de innumerables empresas en México, principalmente del ramo de la comercialización de libros, edición, así como de librerías, autores, ensayistas y escritores se han quedado a su suerte. Y debido a que con la pandemia se transformó al mundo digital por la generalidad de la población en pleno confinamiento, pues lo poco o mucho que se dedicó a leer la población fue por medios electrónicos, de los cuales ha surgido un mercado no previsto sobre la venta de libros electrónicos. Según las pocas estadísticas al respecto, se triplicaron sus ventas. 

Lo cierto es que con la crisis del COVID se han disminuido considerablemente las ventas de libros impresos, las imprentas y editoriales, en muchos de los casos, han tomado la decisión de cerrar sus puertas, en parte por la ausencia de mercado y por la pérdida de confianza de los propietarios sobre el futuro de las editoriales después de la pandemia. Pero mucho tiene que ver la falta de interés de la población sobre la lectura, particularmente respecto a la que profundiza sobre temas que no tengan que ver con novelas, superación personal, perfeccionamiento del cuerpo, ejercicios, yoga o bien cómo correr el primer maratón, sobre notas de los espectáculos y la vida de los artistas, sobre la historia de México transformada en pseudo-novelas por los aparentes historiadores o, en su caso, las grandes ediciones que se hacen de la historia monumental, es decir, la que en ese momento al poder político le interesa que se difunda a la población; de esto están llenas las editoriales, y sobre todo las librerías que, por cierto, viven a la costilla de esas editoriales, pues se ponen los libros a consignación. Si se pretende una población más responsable, solidaria y participativa, lo que se requiere son textos impresos que permitan, sobre todo, la reflexión de la población, particularmente sobre lo que se está viviendo en la actualidad, pero no sobre la vida de los políticos y sus corruptelas, ni sobre las notas rojas de los actuales titulares de los diversos cargos públicos, mucho menos sobre las medicinas mágicas que sanan sin necesidad del médico, sino, por ejemplo, sobre lo que sucede con la humanidad, por un lado, demasiado displicente o, mejor dicho, indiferente a lo que está sucediendo; y, por otro lado, la sección de la población que es totalmente depredadora, observando la oportunidad de contar con un cargo público, un amigo en ese cargo o aprovechándose de la ley que permite amplias discrecionalidades a las autoridades para que éstas, por unos pesos, puedan resolver en los términos que el mejor postor proponga. 

Lo cierto es que las editoriales, librerías, y sobre todo los autores, están pasando tiempos difíciles. Pero tampoco son épocas que no se han vivido. Estas crisis de la lectura han sido recurrentes, por las crisis económicas, por las guerras, por los problemas políticos, golpes de estado en las naciones, y lo que, desde luego, la población de a pie deja en último término es la compra de un libro, la economía no alcanza para ello. 

Quizá lo problemático que se vive actualmente es que se ha tomado el camino de la facilidad. Pareciera que todo llega en la comodidad del sofá por medio de internet, y que las bibliotecas se encuentran cerradas o están en riesgo de desaparecer en muchos países del mundo occidental. En parte, existe la ausencia de lectura y de compra de libros por la incertidumbre actual, por la indiferencia, pues es evidente que hay universidades en donde los profesionistas que supuestamente están preparando o, mejor dicho, están estafando, no se atreven a proponer la lectura de algún libro, en primer término, porque con sus magros salarios no compran libro alguno. Además, en las universidades públicas es una medida discriminatoria obligar a comprar un libro a cualquier alumno, porque la situación económica impide que puedan adquirir esos libros. En el caso de las universidades privadas, obligar a comprar un libro es una medida fuera de la actualidad, anticuada o despectiva para los alumnos de hoy. Lo cierto es que los alumnos de universidad, a los que ahora se les pretende denominar “aprendientes”, no tienen interés en tomar de su bolsillo unos billetes para adquirir un libro, sin considerar que, en la realidad, así como la empresa textil tiene como materia prima la tela o el hilo, en el caso del estudiante, del profesionista, su materia prima son los libros. Pero este interés de adquirir un libro lo estamos dejando para una mejor oportunidad. No obstante, con todos esos obstáculos, “Los libros impresos se niegan a morir”.  

 

Dr. Silvino Vergara Nava 

Web: parmenasradio.org